Llegas un viernes por la tarde.
Traes el teléfono lleno de pendientes, los hombros cargados de semanas, y esa pregunta silenciosa que llevas tiempo posponiendo: ¿cuándo me perdí de mí?
Te reciben por tu nombre. Y esa primera noche descubres algo: aquí ya te estaban esperando. Alguien estudió el cielo del día en que naciste y encontró ahí un mapa que no sabías que llevabas dentro. Te lo entregan como quien devuelve algo que siempre fue tuyo, y respiras.
El sábado amanece distinto.
Tu cuerpo se mueve al son de tu Alma, fluyendo ligero y alegre. Y entre el sonido y el silencio se afloja un nudo que llevaba mucho tiempo contigo. Más tarde, Rompes las Cadenas y entiendes por qué se repetía la misma historia una y otra vez. Se desvanecen las preguntas que llevas cargando y aparece la claridad, iluminando tu mente.
Y luego llega la Noche Sagrada, llena de estrellas, después de un día donde descubres que transformarse puede ser agradable y hasta divertido. Ya tienes familia nueva a tu alrededor: personas cercanas que nunca habías visto, pero algo dentro de ti siente que ya las conocías. Y es que claro, esto fue un pacto de Almas. Hay cosas que no se explican, como lo que vivirás esta noche.
El domingo cruzas la puerta de salida.
Otro amanecer, un manjar, y borrón y cuenta nueva. Mismo cuerpo, otra Presencia. En las semanas siguientes lo notan antes que tú: respondes distinto, duermes profundo, dices “no” sin culpa. Y cada mañana, un pequeño frasco (tu Elixir Floral) en tu mesa de noche te recuerda lo que ahora sabes:
No viniste a convertirte en otra persona. Viniste a recordar quién eras antes del ruido.